DERRIBANDO NUESTROS MUROS


Decía San Pablo a los Corintios: «Somos continuamente entregados en manos de la muerte por amor de Jesús, para que su Vida se manifieste en nuestra carne mortal.” 2 Cor. 4,11  Siempre, en toda la historia de la humanidad, esto que Pablo dice ha sido la única manera de acercarnos a nuestro Creador: La renuncia a lo nuestro, a nuestra vida, para dar muerte a lo humano y hacer resurgir lo divino. Esta renuncia ha sido paulatina, en un principio, dicha renuncia era guiada por la ley dada por Dios, ley natural, la cual fue seguida por la ley escrita, que daba las normas a seguir, obligando al hombre, si quería alinearse a su Creador, a cambiar la guía del instinto, del gusto, del placer, de la conveniencia, etc., por la guía del deber y del amor a Dios y al prójimo. Así, simplemente nos deja marcado el camino, y nos deja la meta a la que se debe aspirar. La vida de la Iglesia en estos dos mil años, quizá por lo difícil que resulta no sólo el practicar dicha invitación, sino hasta el pensarlo, o por carecer de los medios para llegar a la Santidad Divina, pero sobre todo porque Dios no lo había decidido, se dirige simplemente a la imitación de lo humano, en su hijo. En las primeras épocas del Cristianismo, esta imitación va más bien a la parte exterior, a la vida material, y por eso la presencia de tantos y tantos mártires, los cuales, renunciando a su vida física, abonaron el terreno del mundo para que floreciera cada vez más el conocimiento de Nuestro Señor y de su Evangelio.

Posteriormente vinieron los caminos espirituales: imitación en la pobreza, en su vida de oración, de petición, en su incansable predicación, en sus sufrimientos.  Y de esta manera se ha continuado educando a la humanidad entera, tratando de dar vida y hacer viva la palabra del Señor. Pero esto de que el hombre ha querido  vivir   a su manera ha sido a sido el enfoque con que ha destruido en parte su vida. Nos hemos convertido en seres autómatas y reactivos ante fuerzas instintivas  San Lucas nos lo insinúa cuando dice en su evangelio “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” Lc. 20:38. Y esto sí es más importante y Jesús nos lo muestra, y no es un concepto, es una presencia cercana que hace entender las cosas que no entendemos y que nos hacen vivir y amar la vida  de manera diferente, si no que nos hace ver que somos criaturas hechas a su semejanza, y por tanto somos importantes a sus ojos y al saber esto podemos encontrar las respuestas a todas nuestras  interrogantes que nos preocupa saber y entender. Si supiéramos que lo que más  le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable, y no andar a la deriva. No nos angustiemos por desentrañar tantas interrogantes en nuestra vida solo cabe preguntarnos ¿Que soy a los ojos de Dios? ¿Qué me separa de Él?   En este artículo quiero  hablar de eso que nos separa de Dios y de nuestros semejantes, quiero hablar de esos muros  que nos dividen  y detienen de conseguir las bendiciones de Dios. Bendiciones que están tan cercas y al mismo tiempo parecen estar tan lejos. Muros que el enemigo ha construido para mantenernos alejados y en el desierto. Muros que hoy necesitan derrumbarse en tu vida.  Cada cual sabe cuál es su propio muro y cada uno debe saber luchar por derribarlos.  Nuestros muros son esas heridas  que aún no han sanado y muros que siguen en pie y cada uno tiene que tomar la decisión de derribarlos y al derribar estos “muros” de nuestra vida podemos encontrar  la belleza del vivir, de encontrar sentido en las pequeñas cosas de la vida y  prestar atención a esas pequeñas cosas,  pequeñas gotas de agua, pequeños granos de arena forman una  playas,  ser capaces de decir que en las pequeñas   cosas de cada día se consiguen mucho. Jamás despreciemos las cosas pequeñas.  Un pequeño detalle, una pequeña atención pueden ayudar mucho; pueden calentar el corazón, pueden dar paz; pueden dar felicidad; pueden convertir el llanto en consuelo, el sufrimiento en esperanza. Así que tengamos presente que nuestra vida espiritual, al igual que la natural (física), debe cambiar, no nos detengamos, no pongamos resistencia y dejemos que Jesús desarrolle su plan, su finalidad que tiene para nosotros. La paz que necesitamos consiste en derribar los muros que existen en nuestras mentes en  nuestros corazones, en nuestra vida y en nuestras relaciones.

Verónica Kimmer Cantillano

 

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