LA MUJER, OBRA DE DIOS (Parte I)


Los sexos son lo fundamental en la naturaleza humana. Obra maestra por excelencia de Dios en la creación, la mujer tomada de lo más íntimo del hombre goza de la misma naturaleza que él, es más, viene a ser su complemento. La mujer no sola da inicio a la vida en la sociedad si no que es la viva presencia de la vida, dadora de vida, mostrando que su condición de mujer no es obstáculo para la irrupción del Espíritu de Dios en ella, que la hace valiente a pesar de su fragilidad, que se vuelve un arma mortal cuando debe defender su dignidad o proteger a los que ama. La mujer a lo largo de la historia de la salvación ha tenido un protagonismo activo en la tarea misionera, a pesar que desde el Siglo I las mujeres eran marginadas, no se las consideraba para nada e inclusive estaba solo relegada a sus labores de casa y consideradas como un ser inferior no permitiéndoseles incluso la compañía masculina.  Aun en estos tiempos hay una animadversión en contra de la mujer siendo creatura de Dios por excelencia.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que la mujer fuera tratada con ternura,  compasión y dignidad. Esto comienza con la venida de Jesucristo y la escritura del nuevo testamento, donde la mujer toma posesión de liderazgo, comenzando en el momento que María fue la elegida para ser la madre del hijo de Dios. Su aceptación llena de humildad, y también temor por su condición de niña y sin conocer hombre. Bastaron estas palabras para ella  aceptar sin condición la voluntad del Padre “Bienaventurada, feliz porque has creído” (Lc. 1,45-559). Con su aceptación, la mujer retoma su dignidad. Si bien es cierto que la mujer en un principio de los tiempos,  estaba regida por los ideales de libro del Génesis, hoy en día la mujer junto con María ha sido elevada a su rol en la sociedad, aunque falta mucho todavía. Hoy en día en las iglesias las mujeres están en todo; esto no solo por la buena voluntad que ellas poseen, sino porque Dios les ha dado capacidades naturales. También a ellas el Espíritu las ha dotado con sus dones sobrenaturales, al igual que lo hace con los varones, no olvidemos que ante Dios hombre y mujer son uno.  Esta capacitación es parte de la razón por la cual la obra de Dios avanza con fuerza y poder. De menospreciar la labor de la mujer, la iglesia se verá más limitada.Por tanto, conviene reflexionar a la luz de estas realidades, no tanto en si pueden o no las mujeres tomar parte de esta  obra, sino cómo desarrollar mejor su vida en el Señor y cómo desplegar su potencial. Todo realizado bajo el influjo del Espíritu Santo.

Verónica Kimmer Cantillano

 

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