Homilía Eucaristía Fiesta de la Tirana 2019


Miércoles 17 de Julio, 2019

Muy queridos hermanos y hermanas: al comenzar hace unos días esta fiesta, les recordaba que no hacía mucho, miles de ojos se habían vuelto para mirar en el cielo el magnífico espectáculo de un eclipse de sol, ante el cual espero los creyentes hayamos podido rezar algo parecido al salmista que decía: “el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”.

 Hoy, cuando llegamos al momento tan esperado y tan preparado, cuando en esta noche avistamos el alba del 16 de julio, como obispo quiero invitarte a que nos gocemos con esta verdad: En estos días, el cielo nos ha mirado a nosotros.

 Sí, hermano, hermana, en estos días y en los que quedan por delante la mirada compasiva y misericordiosa de Dios, Nuestro Señor, la mirada dulce y tierna de María la Virgen se han vuelto hacia La Tirana, donde un pueblo creyente ha llegado para expresar y vivir su fe.

 El cielo ha visto que: Hemos dejado nuestras casas, escuelas, ciudades, trabajos, cada uno ha cambiado sus actividades para llegar hasta esta pampa donde un Santuario nos acoge, donde nos sentimos, pueblo de Dios, Iglesia del Señor, donde nos sentimos hermanos.

 En el santuario hay un altar y un sagrario donde Dios se ofrece por nuestra salvación y se hace cercano. Junto al altar del Dios que nos salva, los creyentes encontramos la imagen tierna de la Virgen que nos muestra a Jesús y nos lo entrega; su gran preocupación de Madre es que acojamos a su Hijo y que pongamos todo nuestro interés en hacer lo que Él nos diga.

El cielo en estos días ha contemplado que: Al llegar al Santuario hemos rezado como nosotros sabemos hacerlo: con la música y el baile. Se ha bailado al igual que el rey David, que no sentía vergüenza de que su gente le viera bailar ante el arca de la alianza, se ha bailado como el Bautista que en el seno de su madre saltó ante la llegada de Jesús en el vientre de María; sí, hemos rezado haciendo caso de lo que nos dice el salmo 149. “Celebren al Señor, alaben su nombre con danzas, que los fieles salten de alegría y hasta en sus lechos canten jubilosos. Alaben el nombre del Señor, porque sólo su nombre es sublime, su grandeza está por encima de los cielos y la tierra”, así se reza aquí en La Tirana ante el Señor y su Madre bendita.

 Junto a esta oración hecha de música y de baile, está la oración hecha con una mirada de confianza a la imagen de la Madre, con una lágrima que asoma a nuestros ojos y que expresa la emoción del creyente que sabe que solo no está, rezamos musitando las plegarias aprendidas de niños y rezamos dando rienda suelta a los sentimientos del corazón que hacen surgir plegarias agradecidas en un murmullo, o gritos de confianza en medio de nuestros dolores, hemos rezado a solas y rezamos en comunidad.

Dios nuestro Señor, la Virgen, los ángeles, los santos sin duda han mirado con cariño todas estas expresiones de fe, y de alguna manera podemos decir que hemos consolado el corazón del Señor y de María, que han visto, que todavía y a pesar de todo, hay fe en tu vida, en cada uno de nosotros, hay fe en este norte. Señor todavía hay hombres y mujeres, familias, que creen en la fuerza y el poder de tu evangelio, hay un pueblo que te dice gracias por tu misericordia, y que en medio de tantas situaciones personales, de nuestra sociedad o de la misma iglesia que parecieran como quitarnos la esperanza y la confianza, nosotros, aquí en La Tirana volvemos a decir junto con Pedro el pescador: “ a quien otro vamos a ir Señor, si solo tú tienes palabra de vida eterna.”

El cielo nos mira y se goza, sí se goza con las familias que en estos días están más unidas que nunca, compartiendo el pan en aquella mesa en que nos apretamos para que nadie quede fuera, compartiendo la fe en el santuario, compartiendo la vida en el encuentro y el diálogo lleno de cariño, que aquí en la pampa se prodiga.

El cielo ha mirado, el trabajo y empeño de tanto tiempo en las Comunidades de Bailes Religioso, que con sacrificio y constancia han preparado su visita a la Madre y que han esperado con emoción el momento de llegar ante la imagen bendita, han bailado con calor o con frio, pero con un corazón henchido de emoción porque se saben mirados y escuchados por la Madre del Carmelo.

El cielo ha mirado, el trabajo de los consagrados que hemos querido acompañar de cerca, viviendo nuestra consagración y ministerio, celebrando, predicando, animando, escuchando, consolando, y aprendiendo de la fe perseverante de los hermanos.

En en estos días el cielo ha mirado, el trabajo de tantos jóvenes, y adultos que han dado lo mejor de sí, para hacer que todos podamos gozar de celebraciones hermosas, de espacios tranquilos, de lugares y espacios especialmente adornados, para que estos días en La Tirana, tenga algo de cielo.

El cielo ha mirado el trabajo de autoridades, de servidores públicos, de carabineros, que han procurado que podamos en orden y con toda la comodidad y tranquilidad posible, hacer de esta Pampa nuestro hogar.

El cielo ha mirado una comunidad que ha vivenciado, que es posible ser feliz con no tantas cosas y que somos felices compartiendo y sirviéndonos unos a otros. El cielo ha visto el milagro que pueden lograr una fe vivida, una fe que nos hermana, que nos hace sentir la dignidad inmensa que tenemos en nuestras almas, somos hijos amados de Dios que busca complacerse en nosotros.  El cielo nos ha mirado.

Los que ya tenemos algunos años  nos acordamos cuando nuestros padres o abuelos nos advertían, en aquellos momentos que quizá nos portábamos mal: “mira que Dios te está mirando”, su fe y su amor nos recordaban una verdad que nosotros hemos experimentado en estos días, ellos quizá lo hacían para que el temor ante esa mirada nos llevara a dejar de hacer el mal que estábamos realizando y fuéramos mejores.

Hoy, te quiero recordar, que Dios nos ve siempre y que nada de lo nuestro ni de nuestras acciones le es indiferente, te recuerdo sí que la mirada de Dios siempre es misericordiosa. Él se alegra y llora con nosotros.

 Se Alegra con nuestros triunfos y logros que son bendición de él, se alegra cuando nos ve luchando y esforzados por ser mejores por no dejarnos vencer por el mal que nos oprime, se alegra cuando nos ve que lo buscamos y que el ideal del Reino de Dios es el ideal por el cual luchamos, sin perder la esperanza.

El Dios que nos ve, llora también cuando nos ve caídos en nuestro pecado, cuando nos ve fríos e indiferentes, cuando nos ve rechazando su mano que nos levanta cuando nos ve desesperanzados, cuando nos ve queriendo acomodar la fe.

En Jesús ahí en el Getsemani, Dios lloró por nuestras infidelidades. Dios llora al ver el sufrimiento de tantos inocentes, Dios llora con los migrantes que salen de su país buscando posibilidades que a veces se hacen esquivas, Dios lora al ver con amor de Padre lo que nosotros no vemos con ojos de hermanos, a tantos que están ahí a la orilla del camino de nuestras vidas y nosotros pasamos de largo. Dios llora, pero confía, porque con la fuerza de su Espíritu nos sigue moviendo al bien. Dios ve y espera respuesta.

 Dice el salmo 139:

¿A dónde escaparé de tu presencia, Señor?

“aunque diga: que la oscuridad me oculte de tÍ, Señor, que la luz se haga noche en torno a mí, pero Señor si la luz y la noche son lo mismo para ti.

Sí, nuestra vida está siempre ante la mirada de Dios y esto te lo recuerdo para que al volver a nuestras tareas, nosotros que nos hemos sentido mirados por el cielo en estos días, no olvidemos que Dios nos ve siempre. Que nos vea entonces luchando por ser creyentes fieles, hombres y mujeres orantes, apostólicos, transmisores de la fe en las familias y ambientes donde nos movemos, que nos rezando en Misa, que nos vea vea gozosos de ser cristianos, de sabernos Iglesia.

Que el señor nos vea, esforzados cada día en el cumplimiento de nuestras labores; que nos vea cuidando el amor y respeto en nuestros hogares, que les vea esposos fieles y cariñosos, hijos respetuosos; que nos vea trabajadores honestos, estudiantes esforzados, ciudadanos responsables y comprometidos, personas acogedoras con todos y hoy con quienes llegan de lejos.

Que el Señor nos vea capaces de dar pasos de encuentro de perdón de reconciliación

Sí hermanos y hermanas, el cielo nos ve siempre.

 La fe es un cruce de miradas llenas de confianza, de las nuestras, de nosotros que peregrinamos en esta tierra sabiendo que necesitamos unos de otros y que necesitamos de Dios, y de un Dios amoroso que confía en las cosas grandes que nosotros podemos hacer si nos dejamos guiar por él. Confiemos siempre en Dios, esperemos siempre en su misericordia.

 

Hermanos al volver a nuestra casa no olvidemos de que de portarnos como Dios quiere, de no olvidar que Dios nos ve dependen muchas cosas grandes para la Iglesia, para el mundo, para nosotros mismos.

 

Que la Virgen santa, la que siempre se dejó mirar por Dios, la que nunca se escondió de Él, la que supo responder a la confianza que Dios le tenía, Ella que ahora le contempla gloriosa en la eternidad nos ayude a no perder de vista las palabras de su Hijo Jesús, a saber ver, las maravillas que Dios hace con nosotros.

A la Virgen santa le pedimos que Ella ruegue por nosotros para que podamos tener una fe grande, una fe que nos lleve a ser agradecidos con Dios en los momentos prósperos, una fe grande que nos lleva a no soltarnos de la mano d Dios en los momentos difíciles, una fe que nos lleve a caminar siempre bajo su mirada amorosa. Amén