Día de la Madre


Lunes 14 de Mayo, 2018

Ayer pudimos celebrar el día de nuestras Madres, hermosa ocasión para mostrar nuestro cariño y agradecimiento a aquella mujer “que tiene algo de Dios, por la inmensidad de su amor y sus grandes cuidados”. Es tan importante en nuestra cultura el Día de las Madres, que se programan viajes, a veces de largas distancias, para acompañar a la mamá esa fecha. Se programan también las reuniones familiares, hay regalos, flores, llamadas, etc..

En este día, hijos, esposos y padres felicitan y tratan de agradar lo más posible a las madres de familia. Lo hacen las familias, las escuelas con fiestas los días previos, las organizaciones sociales, políticas y comunitarias, todos quieren felicitar, reconocer y alabar a las madres. Las oraciones y recuerdos de las fallecidas se multiplican, se dicen misas, en fin, todo es alboroto, gran alegría por las mamás, las abuelas y la Virgen María.

Pero como en toda tormenta, viene la calma, y al día siguiente, el mundo familiar se olvida de esa vorágine de actividades para festejar a las madres. El mundo vuelve a su normalidad, los viajeros a su lugar de partida y las madres amas de casa a sus labores de cuidado del hogar y de los hijos y tantas mujeres que a todo eso agregan su trabajo fuera del hogar

Así que hay que insistir en algo que se repite con frecuencia, pero que parece llegar siempre a oídos sordos: a la madre hay que atenderla, ayudarla, y manifestarle cariño todo el año, sí, todo el año, no solamente en su gran fiesta anual.

De poco sirve que les demos regalos, abrazos, besos, atenciones unas cuantas horas si para efectos prácticos las dejamos que se las arreglen solas o casi solas el resto del año.

Hay maridos que ensalzan y hasta realmente reconocen el valor de la dedicación materna, pero no siempre hay la disposición para escucharla, acompañarla o ayudarle en sus tareas: “pobrecita de mi vieja ¡cómo la admiro!”, dicen.

Hay hijos tan reconocedores de lo que reciben de su madre que lo pueden decir a quien quiera oírles: “tengo la mejor mamá del mundo”. Pero a la hora de ayudarla en las labores domésticas, simplemente se hacen los desentendidos.

 ¿Y las abuelas, que ayudan a su familia en el cuidado y educación de los nietos? La vida dura les cobra factura, y aparecen enfermedades que requieren cuidados. ¿Se les dan las facilidades de sanación, reposo y alivio, se les da tiempo de compañía para que no enfermen de soledad? Hay que pensarlo.

Deberíamos fomentar una nueva cultura de celebrar a mamá, a las abuelas, trescientos sesenta y cinco días, y no sólo uno. Debemos extender la atención a las madres a todos los días, para que no tengamos que hacerlas pasar tantos afanes, fatigas y sacrificios que no existirían en parte si las tratáramos como el día de ayer

Si reconocemos pues lo que vale el amor materno, debemos pagar amor con amor. Hacerles la vida más ligera de trabajos, más placentera y sobre todo, como ellas lo hacen con los hijos, dedicarles tiempo, más tiempo y más tiempo para acompañarlas, que sepan que sus hijos las tenemos en el corazón y que damos gracias a Dios que nos las regaló y que sabe lo importante que son en la vida de las personas, por eso El mismo quiso tener la suya.