Como ojo ageno


Lunes 25 de Septiembre, 2017

Cuentan que una vez en una pequeña carpintería hubo una extraña asamblea, fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? Hacía demasiado ruido y además se pasaba todo el tiempo golpeando a los demás. El martillo aceptó su culpa pero pidió que también fuera expulsado el tornillo, pues había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija, pues era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. La lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado también el metro, que siempre estaba midiendo a los demás según su medida como si fuera el único perfecto. En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo, utilizó el martillo, el tornillo, la lija y el metro, y finalmente la tosca madera inicial se convirtió en un hermoso juego de ajedrez.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, se reanudó la deliberación, fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho y dijo: Señores ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, y eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos más en nuestros puntos malos y concentrémonos en nuestros puntos buenos. La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija servía para afinar y lijar asperezas, y el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir y hacer cosas de calidad se sintieron orgullosos de sus capacidades y de trabajar juntos.

Algo parecido sucede con los seres humanos. Cuando en un grupo (ya sea empresa, hogar, amigos, colegio, familia, país etc.), las personas buscan a menudo defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, florecen los mejores logros.

 

Hemos iniciado una campaña política, son muchos los que habiendo descubierto una vocación de servicio público buscan precisamente servir. Cómo nos gustaría escuchar sus ideas y programas no de una manera litigante ni descalificadora sino proponer con altura de miras aquello que piensan que se puede realizar en beneficio de todos los que formamos parte de este país. San Pablo nos invita a orar por quienes han sido constituidos en autoridad para que podamos gozar días de paz.

 

Como ciudadanos escuchemos las propuestas de quienes buscan servir, creamos en la vocación política, no juzguemos a priori ni busquemos solo los defectos de  quienes se postulan a los diferente cargos, sino que con buen espíritu e instruidos  sepamos elegir a aquellos que puedan aportando lo mejor de sí contribuir a la grandeza de Chile. Oremos y que quienes sean elegidos se dejen guiar por el Espíritu de Dios.