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Boletín Pastoral: Triduo Pascual
15 de Abril, 2017
Jesucristo se ofrece al Padre como víctima y ofrenda agradable. Su vida obediente es un testimonio de amor a Dios y al prójimo.

JUEVES SANTO: UNA MESA QUE SE SIRVE CON INFINITO AMOR, A PESAR DE LAS TRAICIONES Y NEGACIONES. La última Cena, aquella que el mismo Señor mandó preparar, adelantando una noche la tradicional pascua judía, otorgándole un nuevo significado a la Antigua Alianza. Un significado potente, ya que la verdadera tierra prometida no es Canaan, sino el cielo, la comunión con el Padre eterno. Donde el cordero que se ofrece ya no será un animal sin mancha, ni siquiera un hijo menor, que no tiene conciencia de lo que hace su padre (Isaac). Jesucristo ofrece voluntariamente su vida en la historia que Dios Padre permite. Y esto en perfecta obediencia a la voluntad divina, como había sido profetizado en las Escrituras. Realizando en esta noche un doble signo. Primeramente por medio de las ofrendas de pan y de vino. Verdadero alimento que tiene como significado el verdadero alimento primordial que siempre el Padre nos ha querido dar. Un pan que nos mantiene a todos unidos en su amor. Un mismo cáliz, que nos ayuda a beber del amor sanante de Dios que hace fiesta por liberarnos de toda esclavitud. Esclavitud que hasta el día de hoy podemos, con la gracia de Dios derrotar, para que en el mundo ya no se derrame más sangre inocente, que desde el justo Abel riega aún nuestro planeta. Los que participamos de esta pascua, somos una nueva creación. Pasamos a formar parte de una realidad nueva, donde es el amor, el nuevo cemento que nos une indisolublemente en el amor de Dios los unos con los otros. Pero además, está el signo del lavado de pies, que Jesús nos invita a hacer periódicamente para que no entre en nuestra historia la división del desamor y el rencor. Este signo lo realizarán los cristianos siempre, para que no sean nuestras diferencias las que permanezcan, sino nuestra capacidad de perdonarnos y de servirnos constantemente para no dejar espacio a ningún odio malediciente. Es un ejercicio para apartar de entre nosotros toda antipatía, cualquier brote de soberbia. Y todo esto a través de un signo de profunda humildad. Humildad que como vemos no sólo es un concepto sino una actitud que se pone de rodillas frente al hermano no para criticarlo ni para juzgarlo, ni restregarle su suciedad, sino para limpiar sus pies y secarlos para que pueda caminar de manera renovada. Finalmente, esta cena abre paso a la pasión, en ella Jesús invitó a sus discípulos a estar vigilantes. Jesucristo va a vivir esta experiencia de manera angustiante, recordándonos que un hombre de fe, a pesar de sufrir injusticias, por sobre todo, puede responder con fidelidad y obediencia, sólo en comunión con el Padre de los Cielos y movido por el Espíritu Santo. Jesucristo comienza a vivir la noche más oscura, donde aparece el rostro más vil del ser humano, en cada personaje aparece lo que el pecado provoca en los corazones de aquellos que sirven no al amor, sino al Señor de la muerte: Judas, Pedro, el Sanhedrin, Pilatos, Herodes, el populacho, etc... más que rostros, actitudes desfiguradas por el efecto del pecado reinante, que sólo con la obediencia del Hijo de Dios, podrán ser derrotados y exterminados de la faz de la tierra en una renovada historia de salvación.

VIERNES SANTO: LA VIDA QUE SE DONA POR UN BIEN MAYOR. LA VIDA QUE SE HACE OFRENDA AGRADABLE Y QUE SE TRANSFORMA EN EL VERDADERO Y AUTÉNTICO SACRIFICIO. Atrás quedarán todas las acciones realizadas por el Señor en favor de las personas. En esta acción desgarradora de ofrecer la propia vida, el cuerpo y sangre de Cristo, se da y se derrama de manera extraordinaria. Es la auténtica libación. Es la auténtica ofrenda a Dios. No busca satisfacer los propios sentidos, busca un bien mayor. Un bien muchas veces escondido a nuestros propios sentidos. La pasión de Cristo en el viernes santo nos revela todo aquello que tiene que ver con el desprecio de los placeres de esta vida por un bien mayor, un bien que aparece sólo en la dimensión del abandono, cuando dolorosamente dejo espacio para que Dios actúe. Esto es tremendo porque hoy nos sentimos protagonistas de todo, especialmente de aquello que nos reporte algún beneficio o éxito inmediato o a corto plazo. O al menos algunos nos reporte aplausos, medallas o beneficios honoríficos. Nadie quiere aparecer como derrotado o perdedor, así que trataremos siempre en salir airosos en todas las batallas. Sucede lo contrario con Jesús, al final del día, nadie querrá mirarlo a la cara (ante quien se vuelve el rostro) dice el profeta que todos los que lo miraban volvían su rostro, ya que lo que veían no era agradable a la vista. Nadie quiere llegar así al final de su existencia. Todos soñamos con una muerte dulce, tranquila, arropada. Jesús termina su vida, solo, todos le vuelven la espalda, termina desfigurado, crucificado, desnudo, traicionado y negado.

Y sin embargo, esté triste y aberrante ignominia, desde los criterios del propio Jesús, se comienza a abrir el cielo para él y para todos nosotros. El que bajó del cielo ahora abre las puertas a través de cada gesto que realiza, donando su vida y no reservándose nada. Cada célula de su cuerpo, cada gota de sangre, la pone y la ofrece en manos de su Padre, por amor a Dios y a la humanidad. Jesús personifica de esta manera el Shemá con su propia existencia y este viernes se transfigura y quedará en la retina de la Iglesia y será llamado: VIERNES SANTO. Porque hay uno que santifica el horror y la injusticia cuando esta se vive y se sufre apoyado en la voluntad del Padre de los Cielos. Esto, claramente aparece como locura. Es, como dice el apóstol, locura para los judíos y necedad para los griegos (1 Cor 1,23) porque lo que perseguimos desde tiempos pretéritos es hacer, como Adán y Eva, nuestra propia voluntad, alejada de todo aquello que no nos reporte un beneficio inmediato o a corto plazo. Durante este viernes Jesús es traicionado, negado, juzgado, condenado, vapuleado, maltratado, torturado y asesinado en una muerte y muerte de Cruz, ignominia máxima, experimentando en su cuerpo el rigor y el poder del imperio romano, el cual en definitiva, servía al Señor de la muerte. Sin embargo, hay algo distinto en este hombre que sufre estos horrores. No se queja, no habré la boca para renegar de su suerte ni de su historia. Esto último, aunque es un detalle mínimo, es increíblemente lo que convierte su muerte en verdadero sacrificio y ofrenda. Jesús no es un hombre que sufre por placer, no es un masoquista, es uno que se ha hecho discípulo de Aquel que nos ama y nos perdona, al cual le ofrece, finalmente, su obediencia a toda prueba, uniéndonos de esta manera , a la voluntad del Padre, para recrear todo el universo. Así una nueva creación renacerá de la muerte de Jesús. Su muerte, se transforma en vida para el mundo. Su muerte, que es oblación y sacrificio realizará este milagro.

SÁBADO SANTO: DESCANSO PERFECTO QUE NOS ABRE AL DOMINGO SIN OCASO, VICTORIA DE LA VIDA SOBRE LA MUERTE. DOMINGO DÍA DEL SEÑOR VICTORIOSO: De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado ¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo. Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva. El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos.» Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: "Salid", y a los que se encuentran en las tinieblas: "iluminaos", y a los que duermen: "Levantaos." A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona. Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado. Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido. Dormí en la cruz, y la lanza atravesó m¡ costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso. Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva. El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.» Esto es lo que cantamos con el pregón Pascual, que es el canto con el que arranca la noche de la Vigilia Pascual y que nos prepara el oído para que la gesta narrada en las 7 lecturas del Antiguo Testamento, más la epístola y el Evangelio, nos anuncien la novedosa irrupción del amor de Dios sobre nuestra historia, pasando así del pecado a la vida de la gracia. Cada Semana Santa, se nos abre delante de nosotros un camino de vida en el mar tempestuoso o en el desierto de nuestra existencia, camino que vence toda oscuridad, que aclara el panorama, haciendo renacer la esperanza y la certeza de que Dios no está ausente, sino que camina con nosotros en nuestra historia, convirtiendo nuestra existencia en una renovada experiencia de salvación. ¿Cómo vivamos esta noche Santa? Ella será el barómetro de nuestra conversión personal. Corramos pues presurosos, como las mujeres y anunciemos que Cristo ha Resucitado, y alegrémonos, porque el pecado ya no tiene la última palabra en nuestra existencia, ya que su victoria sobre la muerte es también nuestra victoria. Para poder experimentar , Hoy, la salvación la vida plena. ¡Aleluya! Amén. ¡CRISTO HA RESUCITADO!



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