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Boletín Pastoral: El tiempo de Dios es perfecto
24 de Septiembre, 2017
Para San Pablo la Vida con mayúscula es la que Cristo nos regala. Cualquier otro estilo de vida sólo busca beneficiar nuestro egoísmo.

Este domingo la liturgia de la Iglesia se detiene en uno de los aspectos que no siempre nos detenemos: el tiempo. Para nosotros, una pesada carga, para Dios una oportunidad para encontrarnos. Por eso que el relato del Evangelio es tan estimulante, porque nos sitúa en la lógica de Dios, la cual dista mucho de nuestra razón. Isaías nos lo recuerda en la primera lectura: “los pensamientos de ustedes no son los míos... como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes”. De manera pedagógica, Jesús, utilizando el recurso de la parábola nos enseña este domingo que, para Dios, lo más importante es que pueda encontrarnos y llevarnos a su viña para que trabajemos en su Obra. Esto último también es un elemento relevante en la enseñanza que nos quiere entregar, ya que nos ayuda a que podamos nosotros conectar con el propósito por el cual somos llamados a la existencia. Dios no nos ha regalado el don de la vida para estar desocupados. El propósito de Dios desde el principio tuvo que ver con la creación, con su propia creación (la de Dios) Esto también es importante porque es un recordatorio permanente de que el ser humano necesita estar en sintonía con este propósito divino, de lo contrario experimentará en todo lo que haga hastío o vacío . Estas últimas las causales más predominantes en nuestro mundo moderno de la enfermedad llamada del siglo: la depresión. Que ya comienza, desgraciadamente, a transmitirse de generación en generación. Volviendo al tema que nos convoca hoy, desde la lógica de Dios, da lo mismo si conectamos con este propósito cuando somos jóvenes o cuando somos viejos, si somos llamados como dice la lectura del evangelio, a la primera hora del día o a la última: a todos nos ofrece lo mismo: Vida eterna. En el Evangelio el conflicto se da por las horas que pasan soportando el arduo trabajo y la fatiga bajo el sol, que son los ingredientes que le dan sabor a la parábola; otorgándole cierta dosis de dramatismo al relato. Ya que los que han sido encontrados y llamados a trabajar en la viña del Señor durante las primeras horas, efectivamente, han tenido que soportar el fragor de la jornada. Desde esta lógica humana, es razonable pensar que debieran recibir una especie de bono por este sacrificio. De allí las legítimas protestas. Lo que se nos olvida es que cuando trabajamos tempranamente para el Señor no le estamos haciendo un favor a Él, nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Esto porque tempranamente somos rescatados de una vida sin sentido donde pudiéramos también tempranamente perecer. Desgraciadamente en la lógica del mundo pareciera ser que el trabajo ha quedado relegado a una especie de mal necesario que, si dependiera de nosotros simplemente no lo haríamos. Se nos olvida que el solo hecho de llegar al mundo comporta un deber, pues hemos recibido un inmenso don: el don de la vida. Si alguien, además, pretendiera ponerle precio a nuestra vida por el solo hecho de trabajar, sería restringir notablemente nuestro propio ser. Valemos por lo que somos y no somos aislados de la obra de Dios, hemos nacido con un propósito que nos une de manera casi indisoluble con la totalidad de lo que existe (de la creación. Por encargo divino), pero esto se nos ha olvidado por una causa dramática: por causa del pecado original. Entonces hoy el trabajo aparece como un mal necesario, que se ha pervertido, más encima, por la mediación del dinero. Pero lo cierto es que desde la óptica divina mientras no conectemos con la obra de Dios, nuestra responsabilidad laboral estará pervertida por la inclinación nociva de la ganancia lucrativa de corte individualista. Y no veremos el trabajo como lo que es en su esencia: una prolongación de nuestra propia dignidad como personas. Y donde además estamos llamados a realizarnos viviendo en la voluntad de Dios.



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