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Domingo XIX del Tiempo Ordinario
Boletín Pastoral: Lo que tiene que experimentar un verdadero discípulo del Señor
12 de Agosto, 2017
Las olas de la muerte me envolvían, me espantaban los torrentes destructores… Sal 17,5

Este domingo la liturgia de la palabra que la Iglesia nos ofrece, es un conjunto de situaciones complicadas que, increíblemente, Dios permite, y siempre para un bien mayor. Lo que le acontece al profeta Elías en la primera lectura, como lo que le sucede a Pedro en el evangelio, son ejemplos notables de cómo el Señor se hace presente en los momentos más difíciles. En el caso de Pablo, la lectura deja entrever que la vida del discípulo entraña siempre un lado B, que no siempre es grato. Ser discípulos del Señor, implica disponerse a vivir y experimentar no pocas veces peligros, angustias y penas. Lo valioso es que en todo se puede vencer y ser victoriosos por la presencia de Dios en nuestras vidas y por nuestra respuesta de fe a su acción benévola. Pasemos a revisar en detalle todo esto:

La primera lectura, parece a primera vista, sin conocer su contexto, un día de picnic que el profeta Elías quiso darse. Cuando leemos desde un capítulo anterior, nos damos cuenta del drama existencial que estaba viviendo. Perseguido, huyendo por su vida. Elías enfrenta uno de los momentos más complicados. ¿Por qué?, ¿acaso no era el profeta del Señor? Dios se lo revelará en la brisa la tarde: deberá seguir adelante con la misión, pero no ya sólo, Dios le regalará un discípulo: Eliseo. Con esta experiencia en su corazón, el profeta está listo para dar testimonio del poder de Dios y podrá preparar al que va a continuar en lo sucesivo con la obra de Salvación de Dios mismo, el cual, no abandonará nunca a su Pueblo. En definitiva: las penurias de Elías, Dios las permitió para templar su alma y fortalecer su testimonio del Dios vivo. EN EL EVANGELIO: Igual que en la lectura anterior, Dios en la persona de Jesus, ha elegido a uno de manera especial, a Pedro, a quien le da las llaves del Reino de los Cielos. Sin embargo, esta misión no dependerá de las cualidades de Pedro, dependerá de cómo él aprende a ponerse en toda circunstancia en manos de Dios. Por eso que al milagro de la multiplicación de los panes, San Mateo, agregará otro milagro, el de la tempestad calmada, sacando de las profundidades y peligros de las olas impetuosas al mismo Pedro. Pues un verdadero discípulo del Señor también experimenta aveces que la vida se le viene encima, como las olas, y que todo se hunde. Sólo la perseverancia nos mantiene unidos al Señor. Sin duda que es un llamado para crecer siempre en la fe. Un discípulo del Señor está llamado siempre a madurar en la fe. Finalmente: LA SEGUNDA LECTURA DE SAN PABLO: nos regala el testimonio de lo que muchas veces vive un discípulo de Cristo. Una especie de procesión interna donde no pocas veces el corazón se desgarra. Donde el dolor que sentimos es lo único que le podemos ofrecer a Dios. Recordemos que, hace muy poco, se han dado a conocer las cartas de Santa Teresa de Calcuta, las cuales desvelan esto último que estamos diciendo. En estas cartas, la religiosa fundadora de las misioneras de la caridad, revela lo que acontece en su corazón, esa tensión interna que le hace experimentar abandono y silencio, y que no encuentra en nada del mundo algo que le ayude a soportar la dura carga del día. Sino sólo Dios. Por eso que la oración de esta religiosa era tan intensa, ya que nada ni nadie verdaderamente podía consolarla en los momentos de angustia y oscuridad espiritual. San Pablo lleva también una angustia en su corazón , que tiene que ver con sus hermanos de raza. A San Pablo le queda sólo la esperanza de que algún día ellos reconocerán a Jesucristo como el Mesías prometido por los profetas. Que todo esto, nos ayude, finalmente a nosotros, a llevar una vida cristiana adulta en todo sentido, capaz de sortear olas inmensas, y aunque experimentemos que aveces todo se hunde a nuestro alrededor, nunca nos soltemos de la mano del Señor, porque, finalmente, todo tiene un sentido, el cual sólo se nos revelará por medio de nuestra perseverancia en la fe.



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